29 Abril 2007
¡Hola, nuevos alumnos de Middlebury en Madrid! Aunque hay un montón de cosas que puedo escribir en este espacio, he reducido mis recomendaciones a una lista de 10 consejos especiales. ¡Espero que os ayuden durante vuestra estancia!
10.) Es normal tener morriña a veces. En estos casos hacer una actividad familiar como tomar un café americano os puede ayudar a “volver a casa” o despertar buenos recuerdos durante un rato.
9.) Visitad el museo del Prado por lo menos una vez y, mientras estáis allí, estudiad Las Meninas a través de sus perspectivas variadas.
8.) Disfrutad del carnaval (que sí, vive en Madrid). La oportunidad de participar en el desfile organizado por Kabokla (un bar brasileño) representa una opción estupenda.
7.) Leed el Quijote mientras estáis aquí. Descubriréis más en cuanto a vuestros propios viajes personales de lo que pensáis.
6.) Viajad fuera de la ciudad cuando sea posible. Sean sitios españoles como Cuenca o Sevilla u otros sitios europeos como Lisboa, Dublín o Roma, aprenderéis mucho y volveréis a Madrid con nuevo ánimo.
5.) Haced una parte del Camino de Santiago si podéis (y no pasa nada si no tenéis la asignatura que trata de este tema). Es una buena experiencia de la vida que representa temas importantes depende del individuo (la paz, la fe, la unidad entre los peregrinos, etc.).
4.) Participad en el maratón de Madrid de abril de alguna manera: como corredor, animador o espectador. Sentiréis el poder verdadero de una comunidad.
3.) Llevad un disfraz gracioso (como de Spiderman o de la Mujer murciélaga) en vuestras maletas. Podéis ponéroslo en los momentos cuando os haga falta la “risoterapia”.
2.) Acordaos del verano que pasasteis en Vermont durante vuestros momentos más agobiantes en Madrid: Primero, porque si ya sobrevivisteis un verano exigente allí, tenéis la capacidad de sobrevivir cualquier estrés madrileño. Segundo, porque ese verano os regaló amistades importantes que tenéis en Madrid que os van a apoyar durante los períodos más difíciles.
1.) Tened una mente abierta a los pensamientos, las opiniones, las perspectivas y las sugerencias de vuestros compañeros de clase, sean ideas habladas o escritas (¡en las bitácoras, por ejemplo!). Descubriréis cosas que nunca os habrán ocurrido sin esta ayuda.
servido por aguarino
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25 Abril 2007
Hace dos semanas que escribí sobre las primeras señales que anuncian la llegada de la primavera en el noreste de los EE.UU. Después de pasar la mayor parte de mi vida en esta misma región, estos indicadores del cambio de estación son muy fáciles de “leer”: la brisa ligera que lleva las fragancias sutiles de las primeras magnolias en flor, el zumbido de los cortacéspedes y la vuelta de las bases a los campos de béisbol. Por supuesto, echo de menos estas sensaciones familiares, pero he observado que estoy aprendiendo como “leer” el ambiente que rodea mi casa madrileña también.
Para mí, la primavera no solamente llegó aquí con la subida de la temperatura. Llegó con la vuelta de actividad a la Plaza de Olavide al lado de mi casa que cruzo cada tarde. Ahora la fuente se ha despertado después de pasar un invierno entero muda. Funciona como si fuera el centro de un carrusel, rodeado por tanto movimiento circular. Por un lado, un grupo de niños juegan al fútbol sin preocuparse por el tanteo final. Por el otro lado, dos hermanitas se ríen a carcajadas mientras sus columpios oscilan como péndulos locos. Múltiples manitos rebeldes siguen tirando la arena fuera del cajón a pesar de los gritos de los padres. Un cachorro que se ha fugado de su correa casi choca con un cochecito de bebé. En el fondo, un matrimonio viejecito comparte un banco de madera y un helado de vainilla. Una melodía ligera del acordeón del restaurante italiano en la esquina llena la escena.
Recientemente me di cuenta de que ahora estoy tardando en cruzar la plaza –aunque no debo hacerlo en estas últimas semanas agobiantes–. Quizás no lo hago solamente para disfrutar estas imágenes de la primavera un poco más, sino también para recordarme que hay que apreciar la vida que la plaza representa.
servido por aguarino
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18 Abril 2007
“¿Quién es el próximo presentador?”
Dejo de tamborilear con los dedos nerviosos en el pupitre y levanto la mano reacia. Ando el largo camino hacia el frente del aula…sin papeles…¡sin mis preciosas hojas llenas de apuntes! Me siento como si fuera el personaje Linus de las tiras cómicas y alguien me hubiera robado mi mantita de seguridad. El momento ha llegado para comenzar…¿Qué es mi tema otra vez?...Respiro hondo… Vale. Lo tengo y lo introduzco a la clase. Veo que –por supuesto– han elegido esta tarde para estar excesivamente atentos. Genial.
Hace mucho calor aquí, ¿no? ¿Nadie puede abrir la ventana? Me enjugo una gota de sudor de la frente. ¿Pueden ver que estoy sudando? Espero que no. ¡Qué asco! Hablo. Por fin, hablo. De momento, no tengo ninguna idea en cuanto a lo que está saliendo de la boca, pero por lo menos estoy hablando. Me siento como si fuera una marioneta de ventrílocuo y él me estuviera dando las palabras. Espero que estés listo, Ventrílocuo. Tengo sed. Es una sed tremenda, pero hay que seguir. Supongo que el ventrílocuo ha decidido enfatizar algo con gestos porque ahora veo las manos moviéndose enfrente de mi cuerpo. Alguien de la primera fila asiente con la cabeza como respuesta a alguna cosa. ¿Buena señal con respecto a mi argumento o sólo ha decidido sus planes para el fin de semana? No sé. ¡Agua por favor! ¡Por favor! Tengo el desierto Sahara en la boca, pero no me atreve a interrumpir lo que estoy recitando ahora. No puedo correr el riesgo de perder todo. Menos mal que ya veo la línea de meta. Tengo…algunas…cositas…más…que…decir…y…¡Concluyo! ¡He sobrevivido! ¡Qué alivio! Me siento renacer ….
…hasta que el profesor hace la primera pregunta.
servido por aguarino
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10 Abril 2007
No había mucho tiempo para descansar durante las vacaciones. De hecho, tal vez estoy más cansada y agobiada ahora (después de dos semanas “libres”) que estaba la última vez que escribí en mi bitácora. La meta principal de volver a los EE.UU. era visitar a tres facultades de derecho para elegir una para el año que viene. Además de tener esta presión de hacer esta gran decisión, mis responsabilidades académicas y varias reuniones familiares llenaron las dos semanas cortas.
A pesar de este estrés, había algunos casos de alivio gracias al tiempo que pasaba en mi coche mientras estaba conduciendo a los varios sitios. Este coche, un Toyota Solara azul, no solamente representaba la independencia de ir adonde quisiera. Funcionaba como un viejo amigo que me permitía dejar todas las preocupaciones en el espejo retrovisor y disfrutar de algunos momentos libres. A veces, el coche servía como una burbuja tranquila en que podía reflexionar sobre mi vida española y un futuro indeterminado. Otras veces, aprovechaba de la oportunidad de subir el volumen del estéreo y cantar con mis cantantes favoritos. Quizás los mejores momentos eran los más sencillos cuando mi coche me recordaba que fuera necesario gozar de las sensaciones del ambiente familiar que me rodeaba: la frescura de los primeros vientos de la primavera que entraban por la ventana abierta, el olor de la hierba recién cortada, la vista de las magnolias en flor y muchísimas más…
Siempre pensaba que no necesitaría mi coche cuando empezara mis estudios de derecho, pero obviamente estaba equivocada.
servido por aguarino
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20 Marzo 2007
Pasé el fin de semana en Londres y mientras estaba allí, visité al Tate Modern, una de las galerías más importantes del arte moderno del mundo. No soy experta en este tipo de arte para nada, ni representa el arte moderno mi estilo preferido. De hecho, sólo he desarrollado un respeto por el arte más abstracto hace poco. Antes, por ejemplo, no entendía cómo se podía considerar un lienzo de blanco con tres manchitas de colores primarios, una línea negra y una estrella infantil una obra maestra. Tampoco me parecía justo que un cuadro que yo hubiera podido pintar a los seis años costara millones de euros. Además, me volvía loca cuando hacía el esfuerzo de entender un cuadro ambiguo a través de leer su título de la descripción a su lado, sólo para descubrir que se llamaba “Composición número 10”, o que el artista lo había dejado “Sin título”.
Después de pasar una tarde en el Tate Modern, me dio cuenta de que era capaz de apreciar verdaderamente el valor del arte abstracto por primera vez. Tal vez tiene que ver con el paso de tiempo y de mi perspectiva cambiante. Supongo que una razón que siempre he preferido el arte de estilos más clásicos o tradicionales es que me gusta la idea de entender el tema concreto que un artista quiere representar. Por ejemplo, estoy más cómoda enfrente de un cuadro cuando el artista lo llama “Virgen y Niño” y veo claramente su interpretación de la Virgen con el niño Jesús en el lienzo. Es más fácil analizar el arte cuando el artista mismo o los rasgos de un estilo realista nos dan pistas en cómo debemos pensar en una obra, ¿no? Sin embargo, no sé cuál es más “realista” en cuanto a la vida verdadera: un cuadro clásico que muestra exactamente lo que indica el título, o un cuadro abstracto con manchas irregulares por todos los lados que no tiene título.
Quizás estoy más cómoda con el arte abstracto ahora porque entiendo mejor que no puedes pensar solamente en términos de blanco y negro o correcto e incorrecto. He descubierto que muchas veces la vida me parece abstracta y que hay muchos eventos que ocurren que no “tienen título”. Es decir, no se puede entenderlos ni clasificarlos con certeza. Además, hay muchas respuestas que hay que buscar y muchas decisiones que hay que hacer en la vida por ti mismo. No hay nadie que pudiera decirte cómo debes pensar ni qué camino debes elegir para que tengas éxito y seas feliz en el futuro. He oído la siguiente pregunta con mucha frecuencia en los pasillos de Prim recientemente: “¿Qué vas a hacer después de este programa?”. Aunque tengo un plan general para el futuro inmediato, creo que es una pregunta problemática. ¿Quién podría pintar un cuadro del futuro con toda claridad? Sería imposible. Me parece mejor –y más realista– contestar que tienes un futuro sin título y que estás abierto a todas las posibilidades de la vida.
servido por aguarino
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13 Marzo 2007
–Lo siento por llegar tan tarde –dije, llegando al kilómetro cero con un retraso de quince minutos.
–No te preocupes. Acabo de llegar yo –contestó mi amigo madrileño.
–Ah, sí. Se me olvidó de que estaba en España –le repliqué riéndome.
No sé si estáis de acuerdo, pero para mí, una de las mejores diferencias culturales entre mi vida estadounidense y mi vida española es la flexibilidad del horario diario. El diálogo de la escena arriba sólo representa uno de los múltiples casos en que la falta de preocupación por la hora aquí me ha impresionado. Supongo que ha sido un choque para mí por dos razones principales. Primero, soy una persona que prefiere ir y llegar a un sitio temprano –particularmente cuando estoy buscando un lugar desconocido– en vez de correr el riesgo de llegar tarde. La vida es corta. A mí no me gusta perder mucho tiempo esperando a alguien cuando ya hemos acordado en quedar a una hora fija, y no quiero que alguien pierda su tiempo por mi culpa. Segundo, creo que nuestra cultura estadounidense hace más hincapié en seguir un horario establecido previamente. Muchas veces, se considera una falta de respeto a una persona si alguien llega tarde a su reunión, particularmente dentro de un contexto más formal como un ambiente académico o profesional. Por ejemplo, tuve un profesor de política que cerró la puerta del aula a las nueve en punto de la mañana (la hora fija cuando empezó su clase). Quería saber quién había llegado tarde a través del ruido de la puerta y mostrarle a esta persona que estaba interrumpiendo su clase y el proceso de aprendizaje en general. Desde una perspectiva del mundo de negocios donde trabajé dos años, era necesario llegar a una reunión a tiempo y estar preparado, sobre todo cuando estabas trabajando con clientes externos. Si llegabas con retraso, era una señal a tus clientes –y a tu jefe– que tenías otras prioridades más importantes que el trabajo del día.
Para mí, el horario flexible de Madrid tiene sus ventajas y desventajas. Hay días agobiantes cuando es un alivio saber que una tardanza de diez minutillos todavía puede representar una llegada a tiempo a un concierto o a una reunión con amigos españoles. Sin embargo, hay otros días cuando tengo mucho que hacer y los retrasos me vuelven loca. Por ejemplo, me molesta mucho cuando algunos profesores habitualmente llegan más de diez minutos tarde a su propia clase. Obviamente entiendo muy bien que todo el mundo tiene días cuando un retraso es inolvidable y no estoy refiriéndome a esos casos. No obstante, si los estudiantes deben respetar las horas de la clase y las fechas límites para entregar los trabajos, creo que por lo menos un profesor debe llegar a tiempo con regularidad.
No sé si hay un término medio entre mantener horarios fijos u horarios flexibles. Este tema tiene mucho que ver con el ritmo de vida habitual de los países y siempre es muy difícil modificar o moderar las costumbres, ¿no? ¿Qué pensáis vosotros?
servido por aguarino
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6 Marzo 2007
“Había más o menos cuarenta y ocho horas de invierno”. Creo que esta cita de mi “hermana” española representa un resumen perfecto del tiempo que hemos tenido aquí durante esta estación. Después de tener esta conversación con ella, me di cuenta de que había pasado el primer invierno de mi vida sin ver la nieve. Reflexioné un poco sobre este tema y concluye que a pesar de las molestias que pueden resultar de la nieve, en realidad la eché de menos.
He observado que un cambio en la reacción del individuo a la nieve casi simboliza un rito de paso a la edad adulta. Por ejemplo, había varias noches el año pasado cuando me acostaba molestada y temerosa de un viaje peligroso e interminable a mi trabajo el día siguiente en vez de tener la alegre expectación de ver una manta blanca afuera que experimentaba cuando era niña. Una mañana particularmente invernal de 2006- mientras murmuraba una serie de palabrotas al parabrisas helado y al viento cortante – me pregunté a mí misma si hubiera preferido vivir en un clima templado donde la gente sólo conoce la nieve por películas como ¡Qué bello es vivir! y Solo en casa. A pesar de mis quejas, mi respuesta fue un “¡no!” tajante. Cuando pienso en los inviernos de mi niñez, hay muchas escenas pintadas sobre un fondo de copos de nieve. Para mí, el polvo blanco funcionaba como si fuera un tipo de plastilina fantástica que permitía una miríada de diversiones y posibilidades creativas: construía muñecos de nieve con mis padres, bajaba las colinas con mi trineo, moldeaba un montón de bolas como munición para las batallas intensas contra mi hermano y aleteaba con mis brazos en el suelo para producir las impresiones de un coro de ángeles en la tierra helada. No puedo imaginar mi vida sin estos recuerdos de niñez y siento que todos no puedan tenerlos. A veces es necesario que el mundo mágico de la nieve invada el mundo adulto de los estreses, conflictos, responsabilidades y rutinas cotidianas, ¿no?
¿Qué significa la nieve para vosotros?
servido por aguarino
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27 Febrero 2007
Ahora que estamos en una semana llena de exámenes, dos preguntas importantes me han surgido: ¿qué representa el aprendizaje verdadero? y ¿evaluamos el aprendizaje de una manera adecuada? Me imagino que ya estáis pensando que este texto será una queja irracional escrita por alguien que rehúye las responsabilidades académicas, pero espero que me conozcáis mejor como la trabajadora que soy. Sólo querría decir que he observado la importancia suprema que el sistema educativo y nuestra sociedad en general dan a las notas finales en vez de preocuparse por el aprendizaje personal del individuo como un ser humano.
Mi profesor de teatro aquí empezó nuestros estudios de Lorca con las palabras: “La literatura no está en la pizarra”. Estoy totalmente de acuerdo con su decisión de entrar directamente en nuestra primera obra lorquiana, Bodas de sangre, para ver cómo reaccionaríamos como lectores a la acción dramática en vez de esperar algunos apuntes en la pizarra que nos dirían cómo debemos pensar en ella. Sin embargo, el problema fundamental en cuanto a la mayor parte de los exámenes escritos es que son basados en las cositas que han aparecido en la pizarra- y luego en los cuadernos de los estudiantes- a lo largo de la asignatura. ¿Miden los exámenes de literatura un aprendizaje verdadero, dado que muchas veces vivimos las mejores obras de literatura como seres humanos en vez de sólo leerlas? Por ejemplo, ¿es un examen de una hora y media que trata de uno de la miríada de temas del Quijote capaz de reflejar el viaje personal que se hace con el caballero valiente y su escudero fiel? En cuanto a los exámenes de traducción, ¿es más útil probar que sabes cómo traducir la constitución española palabra por palabra, o probar que has preguntado a una persona que vivía durante la época franquista qué significa este documento? ¿Es más práctico pasar horas tras horas con los libros de gramática durante un fin de semana o pasar este tiempo practicando la lengua viva en las calles?
Esta cuestión de aprendizaje verdadero me parece más importante ahora que estamos en Madrid que en temporadas anteriores. Obviamente, elegimos el programa de Middlebury en Madrid en vez de otros programas de estudios basados en los EE.UU. porque tuvimos la meta de vivir nuestros estudios lingüísticos, literarios y culturales. No obstante, hay gran diferencia entre sobrevivir los estudios y vivirlos- una diferencia fácilmente perdida en una semana llena de estrés dentro de nuestra burbuja de Prim-. Por esta razón, me gustaría ver una pregunta como la siguiente en un examen académico alguna vez: “¿Cómo describiríais la Puerta del Sol al atardecer?”. Al leerla, os parece ridícula, ¿no? A primera vista, pensé que sí, pero ahora que la contemplo tengo otra perspectiva. Mientras puedo (y tengo que) sobrevivir en Madrid sin tener las respuestas a todas las preguntas de mis exámenes, no querría vivir aquí sin la capacidad de contestar a mi pregunta “ridícula”.
servido por aguarino
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