Pasé el fin de semana en Londres y mientras estaba allí, visité al Tate Modern, una de las galerías más importantes del arte moderno del mundo. No soy experta en este tipo de arte para nada, ni representa el arte moderno mi estilo preferido. De hecho, sólo he desarrollado un respeto por el arte más abstracto hace poco. Antes, por ejemplo, no entendía cómo se podía considerar un lienzo de blanco con tres manchitas de colores primarios, una línea negra y una estrella infantil una obra maestra. Tampoco me parecía justo que un cuadro que yo hubiera podido pintar a los seis años costara millones de euros. Además, me volvía loca cuando hacía el esfuerzo de entender un cuadro ambiguo a través de leer su título de la descripción a su lado, sólo para descubrir que se llamaba “Composición número 10”, o que el artista lo había dejado “Sin título”.

Después de pasar una tarde en el Tate Modern, me dio cuenta de que era capaz de apreciar verdaderamente el valor del arte abstracto por primera vez. Tal vez tiene que ver con el paso de tiempo y de mi perspectiva cambiante. Supongo que una razón que siempre he preferido el arte de estilos más clásicos o tradicionales es que me gusta la idea de entender el tema concreto que un artista quiere representar. Por ejemplo, estoy más cómoda enfrente de un cuadro cuando el artista lo llama “Virgen y Niño” y veo claramente su interpretación de la Virgen con el niño Jesús en el lienzo. Es más fácil analizar el arte cuando el artista mismo o los rasgos de un estilo realista nos dan pistas en cómo debemos pensar en una obra, ¿no? Sin embargo, no sé cuál es más “realista” en cuanto a la vida verdadera: un cuadro clásico que muestra exactamente lo que indica el título, o un cuadro abstracto con manchas irregulares por todos los lados que no tiene título.

Quizás estoy más cómoda con el arte abstracto ahora porque entiendo mejor que no puedes pensar solamente en términos de blanco y negro o correcto e incorrecto. He descubierto que muchas veces la vida me parece abstracta y que hay muchos eventos que ocurren que no “tienen título”. Es decir, no se puede entenderlos ni clasificarlos con certeza. Además, hay muchas respuestas que hay que buscar y muchas decisiones que hay que hacer en la vida por ti mismo. No hay nadie que pudiera decirte cómo debes pensar ni qué camino debes elegir para que tengas éxito y seas feliz en el futuro. He oído la siguiente pregunta con mucha frecuencia en los pasillos de Prim recientemente: “¿Qué vas a hacer después de este programa?”. Aunque tengo un plan general para el futuro inmediato, creo que es una pregunta problemática. ¿Quién podría pintar un cuadro del futuro con toda claridad? Sería imposible. Me parece mejor –y más realista– contestar que tienes un futuro sin título y que estás abierto a todas las posibilidades de la vida.